La vida en la tierra
Gracias a una serie de extraordinarios golpes de fortuna, nuestro pequeño mundo rocoso ha dado lugar a una espectacular gama de ambientes capaces de sustentar diversas formas de vida e incluso inteligencia. En su enorme variedad, la vida ha colonizado prácticamente cualquier nicho ecológico en la superficie del planeta, demostrando una suprema capacidad de adaptación y contribuyendo ella misma a dar forma a esta superficie y a amoldarla a sus necesidades.
Un factor crucial para la exuberancia de la vida parece ser la presencia abundante de agua. Donde hay agua en gran cantidad, también abunda la vida: las zonas más húmedas de la superficie terrestre del planeta, donde el agua que se evapora de los océanos vuelve a la Tierra en forma de lluvias copiosas, acogen las selvas tropicales, ricos refugios para los animales y para las plantas que los mantienen.
Donde no llueve, pronto arraigan los desiertos y la vida se retrae.
Los océanos también contienen una enorme variedad de organismos vivos, aunque presentan a sí mismos grandes «desiertos», zonas donde existen pocas o ninguna presencia de vida.
No hace mucho, se consideraba que la luz solar era otro elemento fundamental de la «caja de herramientas» para armar la vida. Sin embargo, los biólogos no están hoy tan seguros. Si bien la vida en la superficie depende por completo del Sol, la Tierra también genera energía en su interior, gracias al calor residual de las colisiones que originaron su formación y a los elementos radioactivos que constituyen una parte pequeña, pero significativa, de su composición. Este calor impulsa los procesos tectónicos que mantienen nuestro planeta en un estado constante de reforma, pero también puede ser aprovechado por la vida. En la década de los 70, los biólogos marinos descubrieron oasis de vida en las profundidades del lecho oceánico: ecosistemas enteros basados en el calor y en los compuestos químicos liberados por las chimeneas volcánicas submarinas y completamente independientes de la superficie.
Más recientemente los geólogos han descubierto que las bacterias llamadas «extremófilas» abundan en las rocas calientes a gran profundidad en la corteza terrestre. La presencia de vida bajo condiciones aparentemente tan extrañas y hostiles ha conducido a un obligado replanteamiento de las posibilidades de existencia de vida en otros lugares del sistema solar y más allá.
Empezara como empezase, es indudable que se incubó en los océanos primigenios en tiempos que se remontan a 4.000 millones de años, tal vez.
Los fósiles más antiguos que se conocen proceden de las colonias de organismos unicelulares que flotaban en los mares de lo que hoy son las costas de Australia. Durante la inmensa mayor parte de la historia de la Tierra, la única formas de vida fueron microorganismos; sin embargo en el trascurso de miles de millones de años, estos modificaron gradualmente la atmósfera, transformando metano, hidrógeno y dióxido de carbono en oxígeno.
Hace poco más de 600 millones de años (la fecha precisa aun es objeto de ardorosos debates), surgieron las primeras formas de vida compleja multicelular. Durante un tiempo, al parecer, la vida esperó casi como si reuniera fuerzas para la carrera evolutiva que se preparaba. Entonces, hace unos 550 millones de años, un suceso llamado la «explosión del Cámbrico» alumbró un repentino florecimiento y diversificación de la vida y la aparición de las lineas evolutivas ancestrales que conducen a muchos de los organismos vivos de hoy, así como a muchos otros callejones
sin salida evolutivos.
En torno a 425 millones de años atrás, la vida empezó a abrirse paso en tierra firme, adaptándose gradualmente a las condiciones que encontró en ella para crear el ambiente que disfruta el mundo de hoy. Las plantas absorbieron buena parte del dióxido de carbono de la atmósfera y produjeron oxígeno como desecho, creando con ello las condiciones para que progresara los animales terrestres. Los primeros en dar el salto a tierra fueron invertebrado, que alcanzaron tamaños enormes en la atmósfera rica en oxígeno: el EURYPTERUS, parecido al escorpión, superaba los dos metros de longitud. Pronto la siguieron unos peces semianfibios que fueron los antepasados de todos los vertebrados terrestres de hoy, incluido nosotros mismos.
¿Preparado de antemano para la vida?
La idoneidad de la Tierra para albergar vida parece, a primera vista, resultado de una increíble serie de coincidencias. ¿Acaso es esta una prueba definitiva de intervención de un creador? Sin embargo por otra parte, si la historia de la Tierra no se hubiera desarrollado como lo ha hecho, probablemente no estaríamos aquí para observarlo; el propio hecho de que estemos aquí exige que se den ciertas condiciones en la Tierra. No podemos emplear la enorme coincidencia de nuestra presencia aquí como prueba a favor o en contra de una intervención externa.
Lo mismo cabe decir de la presencia de vida en el universo en general. Si un día descubrimos que la vida está ampliamente extendida – presente incluso, tal vez, en otros planetas y lunas del sistema solar – puede que se deba, simplemente, a que la vida es un truco de química relativamente sencillo, dadas las leyes físicas y químicas establecidas durante la creación del cosmos. Y, también en este caso, aunque las condiciones del universo en general puedan parecer preparadas es imprescindible para la vida, debemos recordar que, si no fueran las que son, probablemente no estaríamos aquí para observarlas.